Terror en el hostal

meretriz

El sueño que a continuación voy a narrar no fue concretamente un sueño lúcido, pero sí que fue muy vívido y aún, a día de hoy, sin necesidad de apuntarlo en ningún diario de sueños, soy capaz de recordarlo con todo lujo de detalles.

Como si de un corto cinematográfico se tratara y en él yo fuera la protagonista, los hechos fueron transcurriendo con total congruencia, y además, como si yo de antemano conociera mi papel en ese relato, como si fuera de verdad la persona en cuya piel estaba metida y supiera cual era mi cometido. Todo esto, en primera persona, viendo a través de los ojos de la mujer en la que estaba convertida.

Otra característica de este sueño es que fue completamente realista, salvo por algún detalle, las incoherencias o el absurdo no se presentaron dentro de él. Con su principio, su nudo y su desenlace este sueño no parecía creado por mi cerebro, si no por un director de cine que quería volcar una historia en mi cabeza. Me desperté en el mismo momento en el que el sueño se dio por terminado.

El sueño

Terror en el hostal

Me hallaba a los pies de un hostal de arquitectura rusa, destartalado, como si no hubiera sido apenas mantenido desde su construcción allá por los años sesenta, durante la época soviética. Yo estaba allí por motivos de trabajo, y además, me habían ofrecido una gran cantidad de dinero por ese servicio, por lo que había accedido encantada.

Entré en el hostal, cuyas paredes estaban pintadas de un color verde pálido, y al no encontrarme a nadie en recepción ascendí directamente por unas escaleras de madera astillada que parecía que se iban a quebrar en cualquier momento. Alcancé el tercer piso, donde me encontré con la puerta que buscaba, la número 307. Di tres toques y nadie contestó, pero decidí entrar de igual manera.

Entré en el cuarto dispuesta a realizar mi labor, la habitación estaba en penumbra y no fue hasta que me acerqué a la cama que pude ver al hombre, mi cliente, tumbado en ella y cubierto por unas sábanas blancas. Su tez estaba descolorida y destacaban en ella unas profundas ojeras y además, no tenía pelo, ni siquiera en las cejas. Apenas podía moverse pero sus ojos estaban clavados en mí como los mástiles lo están a los barcos.

Pensé en el dinero, pero también pensé en que estaba frente a un enfermo terminal y las dudas comenzaron a embargarme. Él debió de notar mi recelo, pues su cara comenzó a fruncirse levemente. Entonces, volví a pensar en la pequeña fortuna que iba a amasar con ese encargo y el dilema se disipó. Comencé a desvestirme.

Él continuaba mirándome pero en esa mirada notaba también cierta ausencia. Desde que había entrado en aquella habitación no habíamos mediado palabra, cada uno sabía su rol, yo solo tenía que cumplir el mío y largarme de allí.

Una vez desvestida, y con pasos firmes pero mente vacilante, me dispuse a llevar a cabo la tarea que me había sido encomendada. Me coloqué sobre él y comencé con mi faena, hasta que, de pronto, el hombre comenzó a vomitar un líquido similar a la leche sobre mí y sobre toda la cama.

Espantada, decidí dar por terminado el trabajo, y sin vestirme siquiera, salí corriendo de la habitación y descendí las escaleras, a toda prisa, mas en el primer piso apareció una figura que era ni más ni menos que mi cliente con una pistola del calibre cincuenta en la mano. Fue su cara de desesperación y furia fue lo último que vi antes de que me disparara en la cabeza.

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